Acabo de terminar de leer un interesante libro de divulgación científica sobre el cerebro, los avances científicos que actualmente permiten su estudio y los previsibles progresos que se darán a lo largo del presente siglo, el libro es El futuro de nuestra mente, de Michio Kaku. En su mayor parte habla del cerebro en sí y de la mente, aunque deja un pequeño espacio para la cuestión de la consciencia, tanto en los animales como en los seres humanos y en las máquinas. Estas no son cuestiones alejadas de la sociedad, prácticamente todo el mundo puede decir lo que es un cerebro, muchos personas podrían dar una definición sobre la mente, pero el tema de la consciencia ya es más complicado y ajeno a la mayoría de las personas.

El concepto de consciencia se puede definir de muchas maneras, pero todas las definiciones que he estudiado y analizado hasta ahora tienen una serie de elementos en común, aunque tengan enfoques diferentes (filosófico, biológico, neurológico, trascendente, etc.).

En mi próximo libro trato el tema de la consciencia y propongo una definición de la que aquí extraigo la parte más sencilla: “es la cualidad y la capacidad de relación e interacción con el yo, con los otros y con lo otro”. Es decir, que la consciencia existe cuando yo existo, los demás existen y la realidad externa existe y hay relación e interacción. La consciencia deviene de un “ser en relación con”. Y este “ser en relación con” tiene grados para cualquier entidad existente, desde una piedra hasta un ser humano.

Pero la pregunta no sólo es ¿qué es la consciencia?, también ¿cómo se crea la consciencia?, ¿de dónde nace la consciencia?, ¿para qué sirve la consciencia? Aquí es donde nos encontramos entre el azar y la trascendencia.

Algunas teorías proponen que somos fruto del azar, de la combinación y recombinación de átomos, moléculas y aminoácidos durante millones de años. Otras teorías afirman que la vida en este planeta y la consciencia de la que disponemos es fruto de una creación premeditada con la intención de poder observar cómo dicha vida evoluciona, vamos, que somos un experimento de otros seres más antiguos y avanzados que nosotros. También hay teorías que mantienen que hemos sido creados por una Entidad Universal omnipotente y omnipresente. Sea cual sea la causa y origen de nuestra creación o surgimiento tenemos la capacidad de preguntarnos sobre esta cuestión y hacernos conscientes de nuestra propia existencia, y esto demuestra un grado de consciencia muy elevado en un Universo (o Multiverso) donde ser consciente de la existencia es casi un milagro.

¿Es la mente la que crea la consciencia?, ¿es el alma? ¿Quizás la consciencia crea a la mente y al cuerpo? Hay teorías para todos los gustos. También podemos plantearnos qué hacer con la consciencia, cómo utilizarla o, incluso, podemos preguntarnos para qué sirve.

En mi caso cada día, como terapeuta y como profesor, trabajo con la consciencia como si fuese una materia-energía que se puede transformar. Tanto alumnado como pacientes llegan queriendo aprender, o queriendo sanarse, buscando respuestas, anhelando comprensiones… y lo que se les puede ofrecer es ampliar su consciencia, es decir, dar mayor amplitud y profundidad a la relación e interacción con el yo, con los otros y con lo otro. De este modo se responde a las preguntas, se sanan los síntomas, se alcanzan comprensiones y se serenan mentes y corazones. Parece que ampliar la consciencia es un remedio para muchas necesidades diferentes (aunque no para todas). ¿Y por qué es esto así…? Explicaré la respuesta que considero la más viable, aquella en la que decido creer de entre todas las respuestas posibles. No puedo afirmar su certeza, solamente puedo expresar mi decisión de creer en ella.

El Universo que conocemos parece conformado de materia y energía, eso es lo que los instrumentos de medición, sean los cinco sentidos humanos o las máquinas que hemos creado nos dicen. Pero lo que “parece” no siempre “es”. De hecho, algunas líneas de investigación en Física Cuántica, además de antiguas corrientes filosóficas y espirituales, manifiestan su convicción de que aquello que configura el Universo y todo lo que contiene es “consciencia”. Pero… ¿consciencia de quién?, ¿la mía?, ¿la de otra persona?, ¿una consciencia previa o más amplia? Si yo no existiese, o no tuviese consciencia, otras personas seguirían viviendo sus vidas, lo mismo ocurriría si dejasen de existir otras personas. Si nos remontamos hacia atrás en el tiempo llegaría un estado de las cosas en el que no existiría vida humana e, incluso, ningún tipo de vida tal y como la podemos concebir. ¿Dejarían de existir por ello los planetas, las estrellas, las galaxias o el Universo?

Según estas teorías la consciencia es la esencia con la que se conforman la materia y la energía, por lo que esa “consciencia” (quizás mejor escribir Consciencia, pues parece algo primigenio) necesariamente ha de ser previa a la vida y al Universo tal y como lo conocemos configurado por átomos, partículas cuánticas y ondas. Hay un momento en el que la Consciencia se manifiesta en forma de energía y ésta en materia. Quizás haya un paso intermedio entre la Consciencia y la energía, que es la información contenida en una especie de “matriz” presente en todo, algo así como si el pensamiento de esa Consciencia (si se le puede llamar pensamiento) fuese el contenedor de la energía y la materia. De este modo la esencia primera estaría más allá de las partículas cuánticas, sería Consciencia. A partir de aquí el nombre que se le dé es indiferente, y las cualidades que se le otorguen carecen de importancia, porque si está en todo y es todo, todo es Consciencia.

Esta Consciencia fue, es y será, está presente en todo espacio y todo tiempo, pues todos los tiempos y espacios del Universo están configurados en y de ella. Según lo anterior, cada uno de los seres existentes, al margen del nivel de consciencia en que se desarrollen, nace, permanece y muere en esa Consciencia. Quizás sea posible alcanzar un grado de consciencia suficientemente amplio y profundo como para conectar con la Consciencia Original, con otras dimensiones de la relación con el yo, los otros y lo otro.

Hasta donde mi experiencia me permite contemplar, la consciencia (con minúscula, la nuestra) puede alcanzar mayor profundidad y amplitud con el adecuado entrenamiento, lo veo cada día en la consulta y en las aulas. Y esto está al alcance de aquellas personas cuyo momento evolutivo sea favorable a ello, momentos de “desidentificación” y “trascendencia”, momentos que no siempre se identifican, pero que aparecen en forma de crisis existenciales, enfermedades, sucesos sincrónicos, aparentes casualidades… Todo ello con la finalidad de ampliar la relación con la existencia, trascendernos a nosotros/as mismos/as y así poder avanzar en el camino hacia la Luz, el Amor y la Consciencia.

Si tuviésemos que elegir entre el azar y la trascendencia… ¿qué opción tomaríamos?