Desde hace unos años vengo estudiando y utilizando las esencias florales australianas Living Essences, lo que me ha permitido afinar más el trabajo en consulta, pues estas esencias tienen la cualidad de actuar sobre aspectos muy concretos de la naturaleza humana.

Fiel a mi estilo he escrito mi propio manual, ya que no hay mucha información en español. Así que durante casi dos años me dediqué a clasificar las 88 esencias, a estudiar y comprender profundamente su funcionamiento y a clasificarlas en una serie de veintitrés grupos. Uno de ellos lo denominé “eje interior”. Este concepto tiene que ver con la necesidad y cualidad de desarrollar un eje interior y que la persona encuentre su centro. Ambos conceptos son de suma importancia en el trabajo terapéutico, especialmente en el caso de las personas vulnerables, que suelen ser las que más acuden a la consulta.

El eje interior es muchas cosas: una cualidad, una actitud, una sensación, un sentimiento, un ser y estar y un estado de consciencia. Ese estado permite a la persona sentir y percibir sus cualidades de firmeza, asertividad, voluntad consciente, fuerza interior, seguridad, autovaloración y otras, que pueden ser desarrolladas en un proceso terapéutico o de evolución personal y con la ayuda de las esencias florales que ya comenté. Este eje interior se convierte en un pilar interno que asegura a la persona en su posición ante la vida, una especie de eje que llega a sentirse físicamente a lo largo de la columna vertebral, que da a la persona la seguridad de que las circunstancias la pueden desequilibrar, pero que no la van a destruir, porque confía en sus recursos internos y en sí misma. Habrá lucha, pero no derrota. Imaginad lo que es vivir con esa sensación interna de seguridad.

¿Cómo se alcanza este estado? Muchas personas llegan a consulta con una programación emocional y mental insana, llena de patrones muy concretos: autoestima baja, inseguridad, sentimiento de inferioridad, necesidad de aceptación, miedo a no ser capaz, autodesvalorización, falta de asertividad, sentimiento de culpabilidad… Programas emocionales insanos (o fuera de justa medida) que favorecen una actitud vulnerable ante los embates de la vida. Las circunstancias, las relaciones, la vida cotidiana bambolean a estas personas como si fuesen una vela al viento, ya que no tienen recursos emocionales y mentales para afrontarlo.

Recuerdo el caso de una mujer de treinta y cinco años, trabajaba en una empresa que requería sus servicios de manera intempestiva, avisando con un día o unas horas de antelación. Además, en su relación de pareja no había un reparto equilibrado de las tareas domésticas y el hombre se mostraba celoso si pasaba tiempo con sus amistades, sobre todo si eran amigos en lugar de amigas. Esta mujer no era capaz de decir no en el trabajo ni de poner límites a los desequilibrios en su vida personal de pareja. Todo ello le había llevado a un estado de agotamiento psíquico, a la apatía, el decaimiento emocional, la tristeza y cierto grado de desesperación, pues no sabía cómo salir de dicha situación. Al llegar a consulta se constató la necesidad, entre otras cuestiones, de desarrollar ese eje interior y conseguir que se situase en su centro.

Durante meses esta mujer, las esencias florales y yo trabajamos en equipo para desarrollar su eje interior. Poner en justa medida ciertos programas emocionales desequilibrados y la integración de recursos emocionales y mentales sanos dotaron a la mujer de ese eje, lo que le llevó a posicionarse frente a la empresa para que le diesen unos horarios asumibles. También se situó frente a su pareja para que colaborase de manera justa en lo doméstico y no le proyectase sus celos. Al situarse en ese eje la mujer empezó a encontrar su lugar, que estaba ocupado por todas aquellas circunstancias y personas que, de un modo u otro, le robaban energía, tiempo y territorio. Así es como empezó a asegurarse en su centro.

¿Y qué es eso del centro? Es, ni más ni menos, que el lugar que cada persona ha de ocupar en su propia vida. Trataré de explicarlo. Cada persona vive una existencia que está configurada por circunstancias externas e internas que se influyen mutuamente, condicionando la emocionalidad, la mentalidad y el desarrollo de la persona, es decir, su vida. Cuando cambian las circunstancias externas (un nuevo trabajo, una pareja, una amistad, una enfermedad, el nacimiento de un hijo o hija, un conflicto, etc.) estas circunstancias promueven cambios en la realidad de la persona, no siempre para bien. De la misma manera, al hacer cambios en las circunstancias internas también se puede influir en la realidad interna y externa no sólo de la propia persona, sino de los sistemas con los que interacciona. Encontrar y ocupar el centro de uno/a mismo/a es conectar con el Ser Interior, situarse en coherencia vibracional con él y manifestarse ante uno/a mismo/a, los demás y la vida lo más cercanamente posible a ese Ser Interior. En este sentido recomiendo la lectura del artículo El poder de la coherencia interior (diciembre 2015).

Para situarse en coherencia con el Ser Interior es necesario escuchar su voz o, lo que es lo mismo, la voz de la consciencia, para lo que se hace necesario apartar al ego y todo su acervo de programas emocionales y mentales fuera de justa medida. Ello se logra a través del desarrollo interior, emocional y de la consciencia, proceso que una vez iniciado no termina, pues conocerse a uno/a mismo/a en lo más profundo y auténtico es labor de toda una vida.

Cuando una persona se va situando en su centro y se expresa desde ahí, el resto de circunstancias van acomodándose alrededor, de modo que se gana poder y gestión sobre la propia vida y se irradia un tipo de energía que facilita vivir con mayor armonía, serenidad y aprendizaje. Cambia la percepción de la realidad, pues se hace más amplia y profunda, se reconocen los programas internos que llevan a la reacción y la pérdida de la serenidad y, de igual modo, se alcanza una percepción intuitiva de la realidad externa que facilita la acción adecuada para mantenerse en armonía, para tomar decisiones más sanas y para transitar la vida con más Amor y menos Miedo.

Cuando las pacientes, tras todo un proceso terapéutico, comienzan a situarse en su centro, se sorprenden de la manera diferente en que la realidad fluye con ellas, pareciera que la vida pesara menos, aun cuando los problemas, las contrariedades, las equivocaciones y los conflictos sigan dándose, pues la vida no se vuelve de color de rosa.

Es desde este centro y sustentadas por el eje interior, que las personas afrontan la existencia con otro tono, con otra actitud y perspectiva, más sana, equilibrada y enriquecedora. El esfuerzo lleva al resultado y el aprendizaje a la sabiduría interior y al despertar de la consciencia. ¿Se puede aspirar a mayor premio?