Hoy he leído un bello texto que habla del libre albedrío. No es una expresión que se utilice cada día, pero casi todas las personas la han escuchado alguna vez. Incluso hay a quien se le llena la boca de “libre albedrío” cuando manifiestan que son libres de hacer lo que quieren, cuando quieren y como quieren pero... ¿son estas personas conscientes de si verdaderamente son libres o no?

Empiezo por los significados encontrados en el Diccionario de uso del español María Moliner.

- Libre: Aplicado a personas, se aplica al que puede dirigir su conducta y, por tanto, es responsable de ella.

- Albedrío: Facultad de obrar por propia determinación.

Así que sin entrar en profundidades filosóficas, religiosas o morales, el libre albedrío es “la facultad de la persona de dirigir su conducta por propia determinación, lo que le hace responsable de sus acciones”.

Obviamente, si partimos de estos significados y no de otros ya estamos condicionando la reflexión y no sería libre, sino orientada por estas premisas previas. Sirva la definición sólo para saber de qué hablamos.

En general, en conversaciones cotidianas, cuando se habla del libre albedrío se expresa que cada persona es libre de tomar sus decisiones, aunque luego se suele olvidar la parte de las responsabilidades. Pero... ¿es cierto que somos libres de tomar las decisiones?, ¿sabemos siquiera dónde, cuándo y cómo se toman las decisiones?

Desde que se puede estudiar el cerebro vivo y en acción se ha podido demostrar científicamente que los procesos mentales no son solamente racionales, sino que también tienen que ver con aspectos emocionales e instintivos. Los tiempos en los que se pensaba que el ser humano era razón pura han quedado atrás, sin embargo muchas personas siguen empeñadas en mantener una posición racionalista, más por ignorancia que por sabiduría. Así, pensar que es la persona la que desde su racionalidad toma decisiones es partir de una premisa que, actualmente, hasta la ciencia ha reconocido que no es totalmente válida.

Y si no es la persona la que toma las decisiones... ¿quién o qué las toma? Empezaré por una respuesta sencilla, las toma la mente, pero no la persona. Premisa: la persona y su mente no son lo mismo. ¿Cómo es posible esto? La mente es la consecuencia del cerebro en acción. El cerebro es una maquinaria biológica compuesta por 100.000.000.000 (cien mil millones) de neuronas, cada una con un potencial de miles de conexiones con otras neuronas. Un cálculo estimado y de media puede dar un número de 100.000.000.000.000 (cien billones) de conexiones interneuronales, y todas estas conexiones están al servicio de los instintos, la emocionalidad y la racionalidad. Premisa demostrada: la razón es la que menor cantidad de neuronas se lleva.

Aunque hace siglos que se sabía, en las dos últimas décadas la Neurociencia ha conseguido demostrar que la razón consciente es sólo una parte del funcionamiento del cerebro, más o menos un 2% (Repensar el cerebro. Secretos de la Neurociencia, Antonio Rial), mientras que el otro 98% de los procesos mentales son inconscientes, unos racionales, otros emocionales y otros instintivos. A la hora de tomar decisiones, de ejecutar acciones o, simplemente, de reaccionar, ese 2% de razón consciente tiene, con mucho, menos peso que el 98% de razón, emoción e instinto inconscientes restantes. ¿Insistimos en que somos libres? Sigo exponiendo y profundizando.

El cerebro, desde los 0 a los 9 años de edad, se programa emocionalmente en un 95%, programas que pasan en su mayoría al inconsciente, se automatizan y normalizan, formando parte del acervo emocional de la persona. Y se programa por observación, imitación y repetición, no por educación reflexivo – mental, ya que hasta los siete u ocho años no comienza el procesamiento abstracto de la información. En este tiempo de infancia se implantan ese 95% de programas emocionales y un porcentaje que no puedo especificar pero muy elevado de programas mentales que permanecerán inconscientes el resto de la vida de la persona. No sólo eso, sino que se convertirán en el libro de instrucciones que el cerebro utilizará para relacionarse con la vida y con el entorno. Además, se estima que el 70% de las interacciones, reflexiones, decisiones y acciones de una persona a lo largo de su vida están condicionadas por su emocionalidad, programada en un 90% antes de los seis años e inconsciente en un 98%. Pero, como decía Super Ratón en los años setenta y ochenta: “no se vayan todavía aún hay más”, entremos en otras profundidades.

Si nos acercamos al concepto de determinismo, podemos hablar para el ser humano de diversos determinismos: como especie, educativo, familiar, económico, cultural, religioso, mercantilista, político, etc. Es decir, que todos estos aspectos también influyen a la hora de configurar una mente que se relaciona con el entorno, grabando en forma de engramas, miles de programas emocionales y mentales que condicionan las percepciones, las respuestas y las reacciones, y todo sin que nos demos cuenta de ello. A lo dicho hasta ahora hay que añadir que cada persona está en un momento y grado de consciencia diferente que condiciona sobremanera su percepción de la realidad, entraríamos aquí en la, para mi, tan querida Teoría de la Dinámica Espiral. Y más allá de todo esto podríamos plantear el determinismo trascendente o espiritual, que tiene que ver con la naturaleza procesal del Ser Interior o Alma, y que también es un elemento determinante de la manera de relacionarse con la realidad y la existencia. ¿Cuánto margen de acción quedará entonces para el libre albedrío?

En la segunda parte de este artículo expondré la parte que más se acerca a mi trabajo como terapeuta y profesor, la del libre albedrío en relación con el Ser Interior y el ser exterior. Espero que os resulte interesante. Hasta entonces un abrazo.