Aclarados ya conceptos en torno al libre albedrío y a los múltiples determinismos en los que todos los seres humanos vivimos cabe preguntarnos: ¿existe el libre albedrío para el ser humano?

Voy a tratar de responder a esta cuestión desde una perspectiva vinculada al desarrollo de la consciencia, en contraposición a los argumentos que proponen la racionalidad como el camino hacia la libertad.

Parece innegable que la existencia y la vida forman parte de lo que Es, y estos dos aspectos (existencia y vida) se configuran en este planeta en forma de seres humanos con un Ser Interior también reflejo de lo que Es.

A su vez, una función del Ser Interior es la consciencia, que con relación a la existencia se configura como una presencia-presente, un Ser sin dimensión espacial ni temporal que, únicamente, Es.

Por la manera de desarrollarse la existencia en el planeta Tierra, los seres humanos experimentamos la función de la mente. La mente acumula sucesiones de presencia-presente creando el pasado y también crea sucesiones de potenciales presencias-presentes futuribles, creando por ello dos tiempos no presencia-presente, que son el pasado y el futuro, esto es el tiempo.

A su vez, el tiempo y la acción de la mente son el sustrato del que nace el ser exterior, ya que en la consciencia sólo hay cabida para el Ser Interior. El ser exterior, al moverse en el tiempo, crea una realidad consecuencia de la acumulación de momentos presencia-presente hacia el pasado y hacia el futuro. Es la ilusión de realidad en un continuo temporal.

Esta sucesión de momentos presencia-presente (pasados y futuros) del ser exterior, dotan a la existencia de un yo-identidad que se proyecta en ambas direcciones temporales, creando así la realidad para el yo, que sería el mundo propio.

De este modo, se crea un yo-identidad o ego con un mundo propio que es la ilusión de una realidad que aleja al ser humano de su centro de existencia que es el Ser Interior. Este proceso de creación, consolidación y condensación del ego y, por tanto, del mundo propio, no hace otra cosa que alejar de la libertad, de ese libre albedrío teórico ya que, a partir del momento en que la mente toma el mando, las programaciones internas y externas, los múltiples determinismos (como especie, educativo, familiar, económico, cultural, religioso, mercantilista, político, etc.) son los que la persona utiliza para definir su yo y le llevan a la creencia de que ese yo es la propia mente. El camino de la libertad pasa por la disolución del yo en un proceso inverso a su consolidación, de manera que el yo-identidad y el mundo propio, el ser exterior y la ilusión de realidad, la mente y el tiempo se vayan desintegrando y dejando paso a la consciencia y a la presencia-presente. Es en este punto del proceso evolutivo donde la persona se hace consciente del Sí mismo del que habla C. G. Jung, de parte de sus programaciones emocionales y mentales y de sus determinismos, y puede empezar a elegir si quiere vivir desde ellos (reacción) o quiere cambiarlos por otros que considere más sanos y equilibrados (acción). En este momento es cuando, en mi opinión, se accede a una pequeña parte del libre albedrío, a la libertad de elegir a voluntad y con consciencia aquello que se desea pensar y vivir. Creo sinceramente que podemos llegar a elegir lo que queremos pensar e, incluso, lo que podemos sentir.

El acceso al libre albedrío pasa por completar el proceso de creación del ego y seguir adelante en el proceso evolutivo hacia la disolución de ese ego (yo-identidad, ser exterior) y la vuelta a la consciencia y al Ser Interior. Es un viaje de ida y vuelta que requiere de un proceso que no necesariamente se completa en una sola vida.

Al conectar de nuevo con el Ser Interior y la esencia de la existencia, sin los potentes filtros del ego, el ser humano toma conciencia de lo que Es en un proceso de ampliación de la consciencia. Esta comprensión plantea un nuevo dilema en torno al libre albedrío: si el ser humano toma conciencia profunda de lo que Es en un plano trascendente, y lo que Es no puede ser otra cosa que Ser ¿se puede elegir entonces? Llegados a este punto de reconocimiento de la naturaleza profunda y trascendente de la vida, la elección parece ser si seguir el camino del Ser Interior o el del ser exterior. Quizás sea aquí donde reside el libre albedrío, en el hecho de elegir entre seguir una vida superficial, inconsciente y alienada o atreverse a transitar la senda del Ser Interior hacia la consciencia, la trascendencia y la conexión con la Totalidad. Se tome la decisión que se tome, todos seguimos siendo almas en proceso.