Muchas personas comprenden la necesidad de trabajarse con un terapeuta emocional cuando necesitan cambiar aspectos insanos de su personalidad, pero también hay otras personas que, desde la ignorancia (o incluso desde la soberbia), afirman que ir al terapeuta o al psicólogo es para los “locos” o para los que están “mal de la cabeza” u otras sentencias que no hacen más que confirmar el desconocimiento que tienen no sólo sobre estos temas sino también sobre cómo funcionamos por dentro.

Cuando el coche se estropea lo llevamos al taller, cuando el ordenador da problemas lo llevamos al informático, cuando el cuerpo duele vamos al médico pero cuando la mente o la emocionalidad presenta problemas o nos rompemos por dentro pensamos “esto lo arreglo yo” y ahí se agravan muchos problemas y surgen otros. Invito a leer un artículo anterior titulado El mecánico sabe más de coches que yo.

En consulta cada una de las partes aporta algo que es esencial para el desarrollo del proceso: la persona que viene buscando ayuda pone la atención, la intención y la acción; el/la profesional la formación los recursos, los medios, la experiencia y la sabiduría. Y aun así, hace falta tiempo para que las tomas de consciencia y los cambios se produzcan y, más importante si cabe, se consoliden. En la mayoría de casos el proceso oscila en torno a doce sesiones (alrededor de un año), los casos más sencillos tardan menos.

Si una persona sin conocimientos de mecánica abriera el capó de un coche para hurgar en un motor que no arranca o desmontase un ordenador sin conocimientos informáticos diciendo “esto lo arreglo yo” podría parecernos un atrevimiento o un acto de ignorancia, ¿por qué si se hace con el “motor emocional” se considera algo normal?

Así que en consulta se dispone de:

  • Formación (años de estudio).
  • Recursos y medios (Terapia Floral y otros recursos psicológicos y pedagógicos).
  • Experiencia y sabiduría (tras años de observación, investigación y práctica).
  • Intención (la persona “quiere” cambiar y sanarse).
  • Atención (la persona dedica parte de su energía, día a día, para lograr la sanación).
  • Acción (esfuerzo conjunto de la persona y el terapeuta).

y aún así… cuesta tiempo, esfuerzo, dedicación y voluntad consciente, ¿de verdad una persona que no dispone de todos estos medios puede lograr un cambio real,  profundo y sanador? Seguro que hay casos en los que funciona, pero son la excepción, no la norma. El resto de los mortales nos ahorraríamos tiempo, esfuerzo, equivocaciones y frustraciones si recurrimos a un/a profesional.

Uno de los errores más habituales de las personas que se ponen ellas solas a sanarse es que, a base de fuerza de voluntad reprimen las conductas, las emociones y los pensamientos insanos en la creencia de que ese es el modo en que han de actuar. Nada más lejos de la realidad, ya que la represión de cualquier aspecto no lo hace desaparecer, no lo diluye, por un lado lo fortalece y por otro lo encierra, lo bloquea, pero es precisamente esto lo que hace que permanezca en el inconsciente de modo que, tarde o temprano, vuelve a activarse, aunque luego la persona lo vuelva “meter en cintura”.

En este punto es donde las palabras de Edward Bach (creador de la Terapia Floral), escritas hace más de medio siglo, nos dan una de las claves del trabajo sobre el plano emocional: “No luches contra el defecto, desarrolla la virtud opuesta”. Hoy en día esta es una de las claves del trabajo en muchas terapias y no es para menos, ya que es un recurso muy poderoso. Explicaré como funciona.

Cualquier aprendizaje, recuerdo, creencia, complejo, es decir, cualquier programa emocional y mental aprendido se configura a nivel neurológico en forma de engrama, consistente en varios conjuntos de neuronas, repartidos por diferentes zonas del cerebro, que pueden ser activados (voluntaria o involuntariamente, consciente o inconscientemente) dando como resultado una reacción física, energética, emocional y/o mental. Estos engramas son receptores de la información y no tienen la capacidad de diferenciar si ésta es sana o insana, correcta o incorrecta, positiva o negativa, simplemente captan y acumulan esa información (todavía no se sabe muy bien cómo pero se especula que es a nivel cuántico o fotónico). Pongamos que se graba un programa emocional como, por ejemplo, la impaciencia (hay miles: intolerancia, sometimiento, miedo al conflicto, orgullo excesivo, sentimiento de inferioridad…). Cada vez que se produzca una reacción impaciente, aunque sólo lo sepa la persona y desde fuera no sea percibido, se activa uno de los engramas correspondientes, con la consecuente constelación de reacciones neuroquímicas, hormonales, emocionales, mentales, motoras y conductuales. La persona manifiesta una conducta (consciente o inconscientemente) y la vive como algo natural y automatizado. Ahora bien, si esta misma persona es consciente de su impaciencia y decide reprimir dicha acción, solamente interviene sobre la parte conductual y motora, aquello que interacciona con la realidad externa, pero las reacciones neuroquímicas, hormonales, emocionales y mentales se siguen produciendo en el interior y, por tanto, el engrama se sigue activando, fortaleciendo su  presencia aunque la persona crea que ha conseguido dominarlo. Es como si todo el rato se dijese: “no voy a ser impaciente, no voy a ser impaciente, no voy a ser impaciente” pensando que de esta manera no se activan los engramas correspondientes, cuando es justo lo contrario. Aquí se está “luchando contra el defecto”, y esta manera está condenada al fracaso en la mayoría de los casos, porque la persona no cambia la programación, sino que la reprime. ¿Qué se debe hacer entonces?

Segunda parte de la frase de Edward Bach: “desarrolla la virtud opuesta”, es decir, crea los engramas correspondientes a los programas emocionales y mentales opuestos-alternativos. No se trata de no ser impaciente sino de ser paciente, no se trata de no ser intolerante, sino de ser tolerante, no se trata de no ser vulnerable, sino de ser asertivo. Y así, uno por uno, con todos los programas insanos o desequilibrados y los engramas correspondientes. Dotando a estos programas de la intensidad, frecuencia y duración necesarias los engramas nuevos se irán fortaleciendo al mismo tiempo que los que no se usen irán perdiendo su naturaleza automática, normalizada e inconsciente, por lo que se activarán cada vez menos y terminarán por desaparecer o quedar tan mermados que sólo se activen en situaciones excepcionales.

Debo avisar que aquí (y creo que en nada) no funciona esa idea de que en veintiún días el hábito queda integrado, como mucho puede que quede entendido pero integrado… ¿configurando un conjunto de engramas suficientemente fuertes…? lo dudo. En todo trabajo de reprogramación emocional hace falta un acto de voluntad consciente por parte de la persona, ese “algo” que no ponen las esencias florales ni una pastillita mágica, esa atención, intención y acción que la propia persona aporta para la consecución de sus objetivos de cambio. Además de ello, habitualmente se hace necesaria la ayuda de otros recursos como la Terapia Floral.

Recuerdo de nuevo las palabras de Edward Bach tal y como las dejó escritas: “Recordemos que, cuando se descubre la falta, el remedio no consiste en combatir contra ella ni en emplear la fuerza de voluntad y la energía para suprimir lo incorrecto, sino en un desarrollo estable de la virtud opuesta.” En estas palabra de la obra Cúrate a ti mismo (1931) encontramos una guía para el trabajo interior, no dejemos de aprovechar dicha enseñanza pues en ello va nuestra salud y la evolución del Ser Interior.

José Antonio Sande Martínez

Noray Terapia Floral